En todas las familias siempre hay uno o algunos personajes un tanto especiales. En esta ocasión voy a relatar sobre aquel día en que mi papá cuando hacía el “reparto” se cruzó con uno de sus hermanos en un camino cercano a La Isla…
El Mula, como lo bautizó mi madre (debilidad típica de galponeños esa de poner apodos a la gente), tenía un amigo cuyo nombre desconozco y que se dedicaba a no se qué actividad, pero con certeza puedo asegurar que entre sus pertenencias se hallaba un equino de buena apariencia y carácter dócil y afable.
El Mula fue siempre muy paseandero, a bordo de su moto petisa recorre caminos de todos los rumbos y tipos, no le hace asco a nada y es un tipo con mucha calle.
Un buen día, El Mula paseaba por la vecina localidad de San Lorenzo cuando vio dentro de una casa el equino de su amigo, como es de carácter algo osado llamó a la puerta y reclamó como suyo al caballo, por supuesto el nuevo dueño negó rotundamente la declaración; El Mula ni lerdo ni perezoso revisó al animal y constató que llevaba una marca fresca encima de la de sus verdaderos amos, esto alimentó su ira y lo empujó a llevarse al caballo por las buenas o por las malas. El quita caballo resultó ser una persona inteligente y no opuso resistencia, así es que mi tío se sacó el cinto que llevaba puesto, ató al caballo del cuello, subió a su moto y emprendió el regreso “al trotecito”.
Imagino que debe haber sido una escena muy pintoresca la de mi tío en su moto guíando al caballito a lo largo de por lo menos veinte kilómetros, tuvo que atravesar toda la ciudad, una lástima no haber podido ver esto. Casi llegando a destino fue cuando mi padre a bordo de su furgoneta verde agua vio al arriero motorizado y luego nos hizo algún comentario.
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