miércoles, 9 de julio de 2008

Salame de Milán

No se porqué, pero nuestros perros siempre fueron de hacer cosas graciosas, o de tener costumbres algo extrañas (al menos para mí)...
Bien, cuando yo tenía alrededor de cuatro años nos acompañaban dos perros que nada que ver el uno con el otro, Ajenor y Peki. Ajenor era un regordete de pelaje negro y piel verdosa, sí, recuerdo que le levantaba el pelito y se le veía la piel color verde agua; y Peki era un pekinés (muy original el nombre como verán) perdido que mi madre "Eleno" había encontrado un día. Uno simpático y bonachón, con muchos caminos andados y muchos amigos de diversas especies y clases sociales; el otro algo cascarrabias, petiso y con piojos del color de su pelaje (una vez me contagió, dicen), se ve que con poca calle (sólo se pierden los perros de hogar), pero cariñoso al fin.
En la esquina de mi casa, había un típico almacén de barrio propiedad de una pareja de bolivianos que llegaron a estas tierras cuando los churquis y las tuscas moraban en completa armonía con la gente. Se llaman Cirilo y Diosmira, todavía están en pie, pero ahora alquilaron el lugar a otro boliviano que tiene una empleada muy eficiente que se llama Betty (que según algunas lenguas venenosas del barrio es la amante del tipo)-no se ni me importa-, de modo que ahora vamos a comprar a "La Betty " y no a "La Diosmira".
Resulta que en aquellos años dorados de mi infancia no había tantos robos, la gente vivía más tranquila y ese famoso "Paco" era el tío de las chancles o algún cristiano que se llamaba Francisco. Tal es así que Cirilo abría la heladera almacenera (esa horizontal y vidrio en el frente donde por lo gral. se guardan los lácteos, fiambres, pastas, jugos, dulces de batata y membrillo y cuanto producto perecedero se les pase por la cabeza) y se olvidaba la puerta abierta sin sufrir percance alguno.
Ajenor era un descuidista innato, y aprovechando la familiaridad con que era tratado en todas partes y el descuido del boliviano, entró en el almacén, se sacó un salame entero de la heladera y se lo llevó a la vereda de mi casa lo más campante.
No se cómo habrá hecho para transportar su botín, porque un salame de esos debe pesar más de 3 kilos y Ajenor era un perro de porte mediano, el traslado del embutido le debe haber significado un gran esfuerzo...
Como Ajenito era un tipo de buen corazón quiso compartir el fruto de su labor con los cuadrúpedos con quienes compartía el techo, de manera que ayudaron a reducir la mitad del salame Peki y un gato/a que había en ese momento, no se si Manopla o Caty.
Nosotros los agarramos con las manos en la masa (los dientes en el salame sería), pero comían con tanta devoción que los dejamos proceder tranquilos. Transcurrido algún tiempo, los tres desfilaron hacia el fondo para exorcisarse, uno al lado de otro vomitaban una pasta rosadita, se había indigestado mamamente!
Mi vieja pilló el salame, le cortó el pedazo magullado por el trío y lo guardó en la heladera, de esa parte no me acuerdo bien, pero supongo que nos lo comimos sin piedad alguna.
Sí, seguro por varias semanas nos hicimos una picadita, porque nos perdimos del almacén por varias jornadas y no encuentro otra explicación que la culpa o el miedo a que Cirilo nos cobrara el salame que nuestro perro le había birlado...

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